Pues sí... ya se acabó el período de adaptación. Muy corto para mi gusto, pues mis pequeños necesitan más tiempo para adaptarse y hoy que los he tenido a todos, me doy cuenta de ello. Y me doy cuenta de muchas otras cosas.
Me doy cuenta de lo duro que es ser maestro, sobre todo en estas edades. El curso pasado me dí cuenta de ello, pero era diferente. Diferente porque era auxiliar, profesor de apoyo, y de cierta manera me sentía más aislado. Puedes elegir entre pasar un poco o comprometerte verdaderamente con tu trabajo. Yo me comprometí, tuve mis puntos fuertes y débiles, y salí adelante. En estos momentos, siendo tutor, veo que esto me puede, realmente me percato de lo que es ser maestro, y es algo para lo que hay que valer. Ahora me puede, puedo pensar que no valgo, replantearme realmente donde estoy y llevarme incluso a bajear, no tener la paciencia suficiente, no relacionarme todo lo que debería con mis compañeras. Y de todo esto no te das cuenta hasta que lo vives totalmente. Ahora me puede, pero tengo que hacerme fuerte y poder con esto. Este sueño hecho realidad no ha hecho nada más que empezar y hay que madurarlo, hay que hacerlo crecer.
Y a esto se añade la condición de ser hombre, lo que supone un plus añadido. Una lucha constante contra una mentalidad cuajada desde hace siglos. Siglos que lanzan comentarios en cierta manera despectivos, miradas desafiantes y lo peor de todo, desconfianza. Tengo que luchar para ser la excepción, para corroborar que nosotros tenemos el mismo derecho a enseñar y que podemos hacerlo.
Y la imagen de esta semana se encuentra en dos niñas, una de ellas ofrecía un juguete a otra, sin decir absolutamente nada, solo el gesto de ofrecer. Fue espectacular.
Mis pequeños ya son mis maestros y tengo que aprender de ellos, y al igual que ellos se caen, lloran y se vuelven a levantar, yo también debo hacerlo. Puedo hacerlo.








